Secretos de los inversores de éxito: 7 buenos hábitos para hacer crecer tu patrimonio 

07/10/2021
Secretos de los inversores

El primero es, quizá, uno de los más obvios: es importante conocerse a uno mismo y establecer objetivos de inversión. No siempre actuamos de forma lógica, ni en la vida ni en las finanzas. De hecho, hay toda una ciencia que estudia el grado de racionalidad o irracionalidad de nuestras decisiones en lo que respecta al dinero: las finanzas conductuales (o behavioral finance, como se denomina en inglés). Según esta disciplina, nuestro cerebro es la culminación de un proceso de desarrollo que ha durado miles de años. En consecuencia, aún hoy tendemos a mostrar patrones de conducta de la Edad de Piedra: vemos lo que queremos ver y, como resultado, a veces excluimos alternativas mejores. Tendemos a “seguir a la manada”, tenemos más miedo a perder que alegría por ganar y a veces actuamos impulsados por estados de ánimo que nos llevan del pánico a la avaricia, y viceversa. Es importante tener conciencia de estos patrones y establecer unas metas de inversión a corto, medio y largo plazo.

El segundo hábito consiste en tomar decisiones que ayuden a preservar nuestro poder adquisitivo, en vez de buscar seguridad. Tememos las fluctuaciones de los mercados, pero no nos damos cuenta de que, escogiendo ciertas alternativas de inversión, ni siquiera conseguimos mitigar el efecto negativo que tiene la inflación en nuestra cartera. Así, no correr ningún riesgo es a veces el mayor de los riesgos al que nos exponemos.

El tercer hábito es tener en cuenta que invertir en activos con mayor perfil de riesgo reporta mayores rentabilidades, sobre todo si observamos el largo plazo. Así, el mercado monetario es el que menor prima de riesgo ofrece, seguido por este orden de los bonos soberanos, los bonos corporativos, las acciones de empresas de gran capitalización y las de empresas de pequeño y mediano tamaño. Además, el factor geográfico también influye: los bonos y acciones de países emergentes suelen ofrecer mayor prima de riesgo que los de economías como la estadounidense o la británica.

El cuarto hábito es evitar la especulación. Para invertir con éxito, no hace falta ser un experto y seguir la evolución de las cotizaciones, ni tener la capacidad de identificar los momentos oportunos para invertir y desinvertir. El que quiere hacer crecer su capital no apuesta a corto plazo por movimientos de las cotizaciones, sino que pone el dinero a trabajar de medio a largo plazo. Tomemos el ejemplo de la bolsa europea: los que en los últimos 25 años invirtieron en una cesta bien diversificada de acciones europeas consiguieron, por término medio, una rentabilidad de casi el 7,1%. Si se hubieran perdido las mejores 20 sesiones del mercado, a la espera de cotizaciones más ventajosas para entrar, habrían obtenido una rentabilidad de menos del 1,2%. Esto demuestra que la estrategia es más importante que la táctica, lo que nos lleva al hábito número 5. 

Comprometernos con nuestro capital es ese quinto buen hábito. Y cuando hablamos de compromiso nos referimos a tres pilares fundamentales: distribuir la inversión entre las diversas clases de activos teniendo en cuenta aspectos estratégicos a largo plazo: diversificar, para no jugárselo todo a una carta; e invertir regularmente. 

En sexto lugar, figura empezar a invertir lo antes posible y movilizar el ahorro. Imaginemos que un inversor quiere disponer de 100.000 euros al alcanzar la edad de jubilación. Si empieza pronto y tiene unos 36 años para lograr su objetivo, con una rentabilidad media del 7,5% bastará con que ahorre 50 euros mensuales. Si solo dispone de 12 años, cada mes tendrá que apartar 400 euros. Además, seguramente ya se habrá percatado: conseguir esa rentabilidad supone asumir una notable prima de riesgo. Miles de millones de euros están parados en cuentas y depósitos bancarios. Con una libreta de ahorro no es posible lograr ese rendimiento. 

Precisamente, el séptimo hábito tiene que ver con los productos de inversión que se escogen. En concreto, a largo plazo conviene apostar por la gestión activa,  es decir, por aquellos que dejan en manos de un experto la construcción y manejo de la cartera. Y es que la gestión activa defiende que los profesionales son capaces de generar una rentabilidad adicional y evitan los “caballos muertos”, es decir, títulos que fueron fuertes en el mercado y ya no lo son.  

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