El escenario mundial tendrá como denominador común la desaceleración del crecimiento económico, las políticas monetarias divergentes por parte de los bancos centrales y una inflación persistente. Por eso, conjugar estos aspectos en el ámbito de la inversión se antoja como una tarea fundamental. Todo el mundo quiere proteger su dinero.
Paralelamente, es fundamental seguir las tendencias de largo plazo —como el mantenimiento de tipos bajos durante más tiempo, o la transición energética—, que están alimentando la disrupción y podrían constituir las oportunidades del mañana. Dicho lo cual, esa subida de precios más persistente de lo estimado en el corto plazo, debería generar más episodios de volatilidad, por lo que la diversificación será absolutamente clave.
Todo apunta a que el crecimiento económico experimente una desaceleración tras el repunte asociado al “efecto de base” que se observó en 2021. La incertidumbre relacionada con la COVID-19 y los cuellos de botella de las cadenas de suministro seguramente lastrarán el crecimiento económico.
A ello hay que sumarle que esas divergencias entre el crecimiento y los menores estímulos de los bancos centrales pueden provocar sobrerreacciones ante la publicación de datos macro positivos y negativos. Algo que suele ser un quebradero de cabeza para el inversor.
¿Cómo se deben encontrar las oportunidades de inversión teniendo en cuenta todo este telón de fondo en el que la presión de los precios va a seguir? ¿Hay consecuencias para los inversores? Es un entorno en el que hay una buena oportunidad para revisar la diversificación de las carteras y sacar partido de algunos temas estructurales.